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El triunfo de Solón

Hay triunfos que trascienden al tiempo. Como si esa medida inventada por los humanos, en ocasiones, fuera controlada al gusto y gana de estos. Al estilo de los antiguos dioses griegos. No llegó a tanto Solón, quien a pesar de todo le alcanzó para ser poeta, reformador político, legislador y estadista ateniense. Allí donde la civilización empezó a discernir Solón fue considerado también como uno de los siete sabios de la antigua Grecia. Jamás eso sí, empuñó una raqueta y sin embargo, tras su sabiduría se apilan los 75 trofeos de Rafa Nadal.   [caption id="attachment_21043" align="aligncenter" width="1000"] Rafa Nadal, número uno del tenis mundial.[/caption]   En ninguno de ellos le preguntaron por Solón a Rafa. Así que el nombre de este fundador de la democracia ateniense tuvo que sacarlo a la luz Toni, siempre su tío Toni. Fue en julio del 2013, cuando el torbellino Nadal seguía desafiando al tiempo, en una regreso homérico tras su enésima lesión. Fue en el Foro Menorca, cerca de su Manacor natal donde el entrenador perfiló las líneas maestras de su alumno, en aquellos días en que invencible maridaba tan bien con vino y rosas. Aseguró entonces que su método de trabajo partió siempre de principios simples, apoyado en valores tradicionales que siguen vigentes como la responsabilidad, la ilusión y la entrega. Poco después descubrió a Solón y su máxima: “Sin método, orden, voluntad y sacrificio no es posible ni genio ni triunfo”.   Con ese derechazo a la línea de nuestro cerebro se anotó Toni otro punto. Desarmaba así a los que a un lado y a otro de la red, antes y después de cada partido, aludían al físico de Nadal para explicar al genio, sobre todo en la derrota. Cuando la genialidad residió siempre en la azotea de Rafa. “Si intentas hacer solo lo que te gusta, terminará porque no te guste nada, así que es mejor lograr que te guste lo que haces”, resumió Toni, para apuntarse el primer set.   El segundo lo ganó con el revés. Ese que ha sublimado Federer, el mismo que machacó una y otra vez su sobrino, para ser el mayor dolor de muelas de la leyenda. “Nunca me ha interesado que se sintiera como un triunfador, sino como una persona normal”, dijo Toni, un firme defensor de que el éxito es un impostor, más aún si se alcanza a una edad prematura; mal vecino también si por deseado llega cuando ya nadie lo esperaba: “Rafael sabe que no es especial, si acaso hace cosas especiales, pero solo en el tenis”.   [caption id="attachment_21044" align="aligncenter" width="980"] Un dúo que se convirtió en trio. Carlos Moyá tomará en 2018 las riendas.[/caption]   En el tercer set hubo tiempo para los reveses inesperados. Esos que intentaron opacar la gloria, cercenar el esplendor de su juego. “La capacidad de aguante sirve para gestionar mejor la adversidad”, alude Toni al referirse al principal enemigo de Nadal, las lesiones. Pero no solo eso: “Pensé que trabajar el carácter le ayudaría tanto dentro como fuera de la pista”. Antes y después, el deportista y la persona, el tío y el sobrino remiten a Solón: “El haber trabajado con el espíritu de Solón es lo que ha hecho que aguantase las lesiones para seguir adelante”, sentencia Toni. Así, nos gana definitivamente el partido.   Los siguientes, los que le vienen por delante en este 2018 apasionante para Rafa Nadal, los tendrá que disputar por primera vez sin la mirada cercana de su tío, calada bajo una gorra. No estará Toni porque entiende que su obra está acabada.  Tras moldear a la persona y pulir hasta el extremo al deportista de élite, Nadal juega ahora a otra cosa. Concretamente a ser feliz con una raqueta en la mano. Un epílogo inmejorable que el tío inculcó en su sobrino desde sus inicios: “Sólo hay un camino para ser feliz, esforzarse en mejorar lo que nos ha dado la naturaleza”. Lo dice Toni, pero bien podría haberlo firmado Solón....

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Guardiola, el último pase

Como lo fue antes en Alemania. Como lo es ahora en Manchester. Último eslabón de una cadena perfectamente engrasada.   Entre las leyendas más destacadas de la prestigiosa Universidad de UCLA sobresale, por encima de todos, un entrenador de baloncesto. Se trata de un genio longevo que responde al nombre de John Robert Wooden. El mayor hito de su carrera fue ganar el campeonato nacional universitario de EE.UU. (NCAA) durante una década consecutiva con los Bruins. Pero no fue el éxito quien me descubrió su figura, sino una anécdota. Wooden aleccionaba a sus chicos hasta el momento de ponerse los calcetines: “Comprobad la zona del talón. No quiero ni la más mínima arruga… Una arruga os formará una ampolla, y esa ampolla os hará perder tiempo de juego. Y, si sois suficientemente buenos, vuestra pérdida de tiempo hará que despidan al entrenador”. La anécdota transpira mucho más allá de evitar lesiones. Es un tratado en sí mismo sobre el cuidado de los detalles, sobre cómo cuidar de uno mismo y por extensión del equipo. Apuesto que Pep Guardiola ha leído a Wooden. Al fin y al cabo, los dos saben que hasta los calcetines pueden resultar determinantes en la élite.   [caption id="attachment_21066" align="aligncenter" width="620"] Pep Guardiola cumple su segunda temporada al frente del City.[/caption]   Recordé la anécdota mientras el Manchester City acumulaba elogios de medio Europa y desataba el temor de la otra mitad. Pensé, ya se ponen bien los calcetines. Porque con más tiempo de cocción, Pep, ese obseso de los detalles, está repitiendo en Inglaterra lo que ya hizo en sus años en la Bundesliga, al frente del Bayern. Allí cambió hábitos alimenticios, solicitó un médico con dedicación exclusiva para el club o alteró las rituales sesiones preparatorias de Säbener Strasse hasta que la pelota lo inundó todo. Ahora en su paseo militar en la Premier League, un hito sin igual en 129 años de fútbol británico, cuesta no vislumbrar ese rosario de detalles que pase a pase, triángulo a triángulo y victoria a victoria han llevado al City hasta el mejor arranque de un equipo de fútbol en la tierra que lo engendró.     Viéndoles jugar todo resulta más sencillo. Quizá por ello los números sean más rotundos. Pep ha conseguido ya un tres en raya histórico. En el City ha igualado las 16 victorias consecutivas cosechadas con el Barça en una sola temporada. Un récord en ambas ligas. El listón todavía está más alto en Alemania. El Bayern lo tiene en 19 triunfos. Esa obra también lleva la firma de Guardiola, que lejos de vanagloriarse sabe lo que hay en juego: “Si no ganamos la Premier, el récord no tendrá sentido”. No obstante, algo está cambiando en Inglaterra, concretamente en el norte del país, epicentro esta temporada de la batalla por la Premier, y eso tampoco se le escapa a Guardiola: “Demostramos que se puede jugar este tipo de fútbol en Inglaterra, que se puede tener la valentía de jugarlo”.     Pep, vuelve a ser el último pase. Como lo fue antes en Alemania. Como lo es ahora en Manchester. Último eslabón de una cadena perfectamente engrasada. Vértice más adelantado de ese triángulo mágico que forma junto a Ferrán Soriano y Txiki Beguiristain. El toque diferencial de un proyecto que arrancó en 2008 y cogió vuelo en 2012, cuando dos de los arquitectos del gran Barça de Guardiola desembarcaron en la ribera azul de Manchester. Los éxitos deportivos (cuatro títulos en 5 años) y económicos (ingresos de 473 millones de libras y beneficios por tercer año consecutivo) conocen ahora un nuevo estadio: un estilo reconocible. Un relato con el que enganchar definitivamente a los seguidores de un club históricamente segundón. Así lo resume Mikel Arteta, aprendiz de Guardiola en Manchester: “El Barça es algo distinto. La identidad del club, la forma de jugar que tienen y su filosofía desde la base es algo que tarda muchísimo en conseguirse. Pero la idea, con alguien que tiene esa capacidad de arrastrar y convencer, te acerca mucho más a todo eso”.   [caption id="attachment_21067" align="aligncenter" width="768"] Máximo rendimiento y efectividad. Los delanteros Citizen han marcado diez o más goles en lo que va de temporada.[/caption]   Ahora que la victoria se acerca otros retroceden. No es el caso de alguien que siempre lo vio como el rival a batir: “El problema que tienen los que están esperando a Pep Guardiola es que nunca saben cuándo dar un paso al frente”. El autor de la frase es Manuel Jabois, madridista confeso, que el día que Pep abandonó el Barça le ‘regaló’ un obituario bajo el título Siempre vuelve. Ahora sus detractores podrán argumentar que esta vez le costó más tiempo y más dinero gobernar la Premier. 16 meses y 400 millones después los citizens pueden dejar sentenciado el campeonato doméstico en Navidad. Será una quimera salir vivo –es decir, sin derrotas- del asfixiante calendario que rodea al Boxing Day. De conseguirlo tendrá Guardiola nuevo leitmotiv para sus chicos: el Arsenal invencible de 2004. Para ello serán vitales que los detalles se tiñan de azul y el carácter de los sky blues se mantenga en guardia. Será momento también entonces de que Guardiola relea a Wooden, mientras se ajusta los calcetines: “Ganar requiere talento. Repetirlo requiere carácter”.   Bonus track: El 'recorte' de Jabois que inspiró el último párrafo: ...

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Estaciones muertas

Nadie pregunta por aquello que prefiere ignorar.  Carlos Ruiz Zafón.   Hemos hecho del olvido un signo identitario. Incluso lo hemos sacado partido. Como postales teñidas por el tiempo, como destinos recónditos a los que es toda una aventura llegar. Aventuras en las que reina el desasosiego y la incertidumbre. Donde la única certeza es que algo saldrá mal. Todo un descubrimiento a pequeña escala, entre raíles carcomidos por el paso del tiempo y locomotoras obsoletas. Porque en nuestra tierra los únicos Aves que se ven son las que llenan nuestros cielos y nuestros campanarios, las mismas que cada vez detienen más tiempo su vuelo migratorio en nuestros campos. Y quizá sea ese el denominador común con los trenes que surcan Extremadura, que están más tiempo parados que en movimiento.     El hecho de que la reivindicación sea histórica, juega a favor del olvido. Como una perorata repetida desde un lado y desde otro a lo largo de la última década nos fueron borrando del mapa, mientras otros, más acostumbrados a la queja constante o mejor aposentados en la escalera del poder, encontraban su ruta hacia el dorado a 300 kilómetros por hora. A Extremadura no le salvó ni ser estación de paso hacia Lisboa para que la alta velocidad nos alumbrara. Sumergidos en ese túnel la alta velocidad ha ido perdiendo vagones para quedarse solo en velocidad y finalmente descarrilar un día si y otro también entre promesas rotas.   Porque el olvido ha ido dejando pinceladas en nuestra tierra que dibujan un bodegón de estructuras muertas, de vías a ninguna parte. Por eso Extremadura es la única Comunidad Autónoma donde no encontramos ferrocarriles de larga distancia. Talgos o Alvias (trenes que pueden circular hasta 250 km/h) son rara avis. Tampoco existe la doble vía, por lo que en algún momento del trayecto el tren que va se cruza con el que viene. Las vías electrificadas son, al igual que en Murcia, un artículo de lujo aquí. Esto son solo algunos retazos de ese viaje hacia el abandono donde las estaciones de paso tienen nombre y apellido. Y abarcan diferentes épocas. El primer aislamiento sucedió en la nochevieja del 84. Ese día se puso fin a la línea Cáceres-Salamanca-Astorga y se desconectó a Extremadura del norte de España. El segundo abandono ocurrió en 2012 cuando el tren conocido como Lusitania, que unía Madrid-Badajoz-Lisboa, cambió su ruta para hacerlo ahora por la vecina Salamanca. La puntilla llegó sin saberlo hace 17 años cuando España y Portugal firmaron el acuerdo del Ave Madrid-Lisboa. Todavía hoy ese tren fantasma no surca los campos extremeños.   Con esta guía de viaje y ayudados, en esta ocasión, por el olvido, uno mira con desdén aquellas promesas que nos llenaron los ojos de velocidad. Y mira a su tierra y ve que sigue encabezando los rankings de salarios más bajos de nuestro país; y piensa que así es más difícil aún poderse costear un billete de Ave, que no son precisamente baratos; y recuerda cómo florecían centenares de kilómetros de vías de alta velocidad por todo el territorio nacional y en Extremadura agonizaba la red ferroviaria convencional que facilitaba el tránsito de personas y mercancías entre los pueblos y ciudades de nuestro entorno.   Y entonces te preguntas si el viaje que debes emprender no es otro, con un tren que conecte al futuro pero que sea real y asumible. Un tren adecuado a las necesidades y demandas de los extremeños, que reverdezca el intercambio cultural y comercial con la vecina Portugal y que ofrezca nuevas y mejores oportunidades al turismo o la industria de nuestra tierra. Un tren en el que primen las altas prestaciones para los extremeños y no la alta velocidad. Porque Extremadura no quiere seguir viviendo en Los Santos Inocentes, anclados en el pasado, en tierra de nadie, olvidados por todos.     Y es que la genial película de Camus sigue teniendo vigencia más de 30 años después. Lo ha tenido a través de la reivindicación cargada de sorna y sentido del humor con la que la Plataforma 'Milana Bonita' se plantó en Atocha para 'alucinar' con los Aves. Allí les mirábamos atónitos los extremeños que nos tuvimos que ir, y los hijos y nietos de los que lo hicieron antes. Porque Extremadura es una tierra que no ha sabido gritar cuando le dolía algo, y ahora los trenes y las milanas son tan solo el reflejo de siglos condenados a la ignorancia, el atraso y el olvido. Para combatirlos nuestra tierra nos grita que nos echa de menos y que los billetes deben ser de ida y vuelta....

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El miedo de un RE*

Para empezar diré que es el final No es un final feliz Tan sólo es un final Pero parece ser que ya no hay vuelta atrás...

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Hasta siempre Calderón

La vida es una sucesión de mudanzas, y éstas, una modalidad de terremoto. No habrá más terremotos a orillas del Manzanares. Ni atascos en la M-30 a las 20:45. Tampoco riadas de gente que entre Pirámides y Melancólicos alimenten una ilusión. Porque ese estadio latía partido a partido, temporada a temporada y año tras año. Da igual si en Primera o en Segunda. En Champions o en Uefa. Con el Atleti o con los Rolling. Pero los sentimientos no caben en cajas de cartón y por eso algo de ese hogar viajará siempre en el corazón de todos los que alguna vez nos sentimos allí como en casa.     Aquel pisito con vistas al Puente de San Isidro se ha quedado pequeño, o eso dicen. Sus inquilinos tienen ahora otras necesidades y anhelan comodidades que ya no encuentran al sur de la ciudad. Han paladeado las mieles de la burguesía futbolística y ellos también quieren piscina y pista de padel al lado de casa. Aunque los accesos sean remotos y el peaje económico elevado. Eso les inquieta ahora a la espera de que la pelota, entre cánticos y bufandas al aire, les vuelva a susurrar aquella frase que acuñó Don Fabrizio Corbera en el Gatopardo: “Que todo cambie para que todo siga igual”.   Yo que no soy del Atleti he vivido en ese estadio algunos de los mejores recuerdos (futbolísticos o no) de mi vida. El primero de todos ir al estadio de la mano de tu padre. Con él, que tampoco es colchonero viví una tarde mágica, goleada incluida que me confirmó que aquella gente estaba hecha de otra pasta. En las malas siempre mostraron orgullosos sus colores. Cosas de familia. La siguiente vez el Cicerone fui yo. En un intento por inyectar el veneno del fútbol a mi primo pequeño le llevé a la Ribera del Manzanares. Cierto que ese día jugaba España y el ambiente siendo bueno era distinto. Se repitió la goleada y encauzamos el pase hacia el Mundial (de Alemania, concretamente), pero se notaba que el piso era de alquiler aquella noche. A mi primo, por cierto, no le convencí.   Tardé en volver, tanto que para la siguiente era un periodista en ciernes. Todavía en calidad de becario acudí con la misión de cubrir un partido para la televisión en la que trabajaba. Ese día me metí hasta la cocina, conocí las entrañas del coliseo rojiblanco y entendí que también ahí nadie te regalaba un centímetro. Volví, claro que volví. Una presentación por aquí, un fichaje por allá hasta escalar al último peldaño del estadio donde se encuentran las cabinas de radio, justo debajo del techo que cubre la M-30. Pocas fotografías permanecerán más nítidas en mi memoria. Ahí con el estadio a mis pies entendí aquello que canta Leiva “que todo el Calderón me lo chille”. Era el día del niño y yo me sentía uno más.   Y es que el Calderón siempre tuvo música. En los partidos y en los conciertos. De ello dan fe los que estuvieron aquella noche del 82 con los Rolling o los que menearon sus caderas al ritmo de la sensualidad de Madonna a principios de los noventa. La aristocracia musical conoció la particular resonancia del templo rojiblanco, desde el Rey del Pop, Michael Jackson al Duque Blanco, David Bowie. A mi me tocó desgañitarme con Coldplay, emocionarme con el himno más famoso de Handel o saltar como un loco con el último concierto en España de Black Eyed Peas. Antes de eso David Guetta ya me había levantado de mi asiento. Después me invitaron a uno de esos conciertos multitudinarios de las radios comerciales, cuyo único aliciente fue poder pisar el césped del Calderón.   Ese collage de recuerdos llevaba en realidad la banda sonora de Sabina y aquel verso genial que es hoy pancarta: “Paseo de los Melancólicos, Manzanares, ¡Cuánto te quiero”. Una declaración de intenciones para esa discografía en blanco que encontrarán en ese ático en las afueras con el que desean ampliar la familia. Sé que muchos pensáis que no lo podemos entender, que solo quien comparte vuestra pasión puede descifrar vuestra locura. Pero los sentimientos son universales, no pertenecen a unos colores, ni a una idea, ni a un escudo. Y se puede haber llorado (o reído) dentro del Calderón sin llevar la rojiblanca. He ahí la paradoja, porque ahí reside parte del encanto (del Calderón) y de la responsabilidad (del Metropolitano): mudar también el espíritu del estadio, llevarse el calor del hogar a la nueva casa. Algo que será más sencillo cuando acudáis al Metropolitano por la Avenida Luis Aragonés y al mirar al banquillo veáis a Simeone. Cuestión de sentimientos....

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MUROS

“El orgullo construye muros. La humildad, puentes” Papa Francisco   Para la generación que crecimos viendo caer el de Berlín, abriendo puertas fronterizas y descubriendo el mundo desde una pantalla de ordenador se nos ha hecho de noche demasiado rápido. Esa misma generación creció fantaseando con viajes en el tiempo, con películas que imaginaban regresos al futuro, y con que en 2015 nos moviéramos con patines voladores. La ilusión ha durado poco. Y la oscuridad empieza a apoderarse de todo mientras tapiamos esas ventanas, cerramos las fronteras y nos reservamos el derecho de admisión. En estas primaveras, Neruda, lo que florecen son los muros.     Así ocurre en el país de las libertades, en la tierra de las oportunidades, donde el sueño americano suena hoy a eslogan rancio de publicidad. Y es que en los Estados Unidos creen que para volver a ser grandes nada mejor que blindar la frontera sur del país. O mejor dicho, seguir blindando. Porque de los 3000 km que marcan el territorio con México, en más de mil ya encontramos vallas que delimitan y cortan el paso a cualquiera que intente cruzar la línea. Así ocurre desde 1994. La irrupción de Trump en la Casa Blanca “solo” ha redoblado la apuesta.   Y es que en la ruleta del juego político apostar por la teoría del miedo y por aranceles ante lo desconocido, lo nuevo o lo diferente sigue reportando ganancias. Poco importa que esas vallas, fracasos de nuestra responsabilidad como seres humanos, se hayan mostrado también imperfectas. Porque no descenderán los intentos (quizá sí los casos de éxitos) de saltar a EE.UU., porque no se reducirá el ida y vuelta de los narcotraficantes, con demasiados atajos creados ya para que su mercancía llegue a buen puerto.   No tan lejos como el océano que nos separa de Mexico tenemos buenas referencias. En Melilla también hay una valla, que no deja de ser un muro translúcido, para recordar a África que hay que escalar más alto si lo que se quiere es alcanzar este supuesto paraíso. Casi todos los días tenemos buenos ejemplos de cómo esa valla no soluciona nada. Atempera. Mitiga. Aplaca. Pero no resuelve el problema, no se cura la brecha, no se dibuja un futuro donde la única solución no sea jugarte la vida en el intento.   Porque la yincana continúa en forma de río o de estrecho. Hay que mojarse para alcanzar el Edén. Ocurre en EE.UU donde el Río Bravo o Río Grande forma parte de la frontera natural en el noreste de México. Ocurre en la puerta de Europa que es el Estrecho de Gibraltar. Y la naturaleza también emite facturas. Esa arquitectura de prevención está dañando el ecosistema que sobrevive alrededor del río en los estados Chihuaha o Coahuila (México). La interrupción de los cauces naturales ya han provocado inundaciones mientras que la vida de decenas de especies corren peligro. Porca miseria para un tipo como Trump.   Más preocupación le puede causar el golpe económico que desencadenará el muro. El tránsito tanto de personas como de vehículos que de manera legal cruzan la frontera es continuo. Según cifras norteamericanas 300.000 vehículos, entre ellos 15.000 de transporte de mercancías, y hasta un millón de personas hacen el viaje de ida y vuelta entre EE.UU. y México, un intercambio comercial que deja en la frontera 1.000 millones de dólares al día. Un flujo de dinero que ya sufre retrasos y pérdidas después de que los plazos de tiempo aumente ante las exigencias para pasar de un lado al otro.   Y es que por florecer han florecido hasta muros de ruptura y salida, muros metafóricos levantados por la flama y el carácter isleño de unos británicos que se han ido empequeñeciendo desde que empezaron a perder su imperio. Aquella ambición global ha derivado en una cerrazón y defensa hasta el extremo del localismo británico que puede suponer el golpe de gracia definitivo a la Unión Europea, vía Brexit. Ellos que han surcado tantos mares prefieren ahora poner diques de tinte racista en el Canal de La Mancha, sin darse cuenta que el mayor muro a derribar sigue estando en la cabeza de algunos....

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