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La M con la A

Es lo primero que se aprende. Porque su rostro es quizá nuestro primer recuerdo, el tacto de su piel el cordón umbilical hacia el nuevo mundo y su olor la primera fragancia que nos abraza. Luego llegan las carantoñas y los pasos atropellados, las tardes en el parque y los deberes de matemáticas, los bocatas del día de partido y las reprimendas, siempre tan necesarias. A todas horas y a cualquier edad. Nada de eso se olvida y todo se aprende entonces, al calor de su regazo. [caption id="attachment_20991" align="aligncenter" width="600"] Madre e hijo en la playa[/caption]   Hay tantas como personas, y todas, únicas. Comparten eso sí, un ADN común, un libro de estilo que denominan 'instinto', y que les hace prepararse desde muy pronto para regalar luz y esperanza a este planeta. Ese manual suele estar cargado de matices y tonalidades, formas de ser y proceder, valores, virtudes y defectos con los que moldear el cuadro de sus vidas. Una imagen hiperrealista que sueñan en colores vivos y que siempre lleva por título Familia.   Para capitanear ese barco no existe carnet alguno. Pero pocas dudan a la hora de tomar el timón. Agarrado con mayor fuerza si cabe cuando arrecia la tormenta, cuando los problemas adquieren forma de iceberg, cuando el rumbo se pierde en un mar de dudas. Es ahí cuando se multiplican y se desdoblan en varios registros, de psicóloga a enfermera, de profesora a amiga, de esposa a madre. Algo así como ver al capitán del Titanic tocar con los músicos para dar naturalidad a cualquier naufragio. Eso también son lecciones de vida.   Quizá por ello les cueste tanto dejarnos volar, a unas más que a otras, todo sea dicho. Pero es que llevan toda su vida guiando destinos y no hay libros que preparen para esa jubilación de responsabilidades, que muchas ven prematuras. Es ahí en plena madurez cuando esta sociedad instalada en el vértigo de la prisa les concede una segunda oportunidad, una vuelta a los orígenes, un volver a empezar. La sonrisa cómplice de cualquier nieto sabe bien de lo que hablo. Si quieren más pistas pidan migas, porque nadie las hará como ellas.   Pídanlas antes de que se vayan. Porque en esta vida tan perra, en este valle de lágrimas en ocasiones nos faltan demasiado pronto. A veces se marchan, antes de tiempo, pero dejándolo todo en orden como a ellas les gustaba. Lástima que el orden no reemplace su ausencia y ese hueco en la mesa, en su sillón preferido o en su lado de la cama se convierta en una punzada eterna que agujerea el alma. Con el tiempo será estímulo, será motivación, será deseo por y para ella. De repente hay un motivo, otro motivo: Levantarse; Caminar; Continuar; y que ella se sienta orgullosa.   Como nos sentimos nosotros cuando admiramos su generosidad, su paciencia o su ímpetu, su saber estar o su mano izquierda para mediar e intermediar en las situaciones más peliagudas. Como nos sentimos nosotros al descolgar un teléfono en la otra punta del mundo para recordarla que estamos bien. Como nos sentimos nosotros al recordar nuestros primeros balbuceos, lo que primero se aprende. Ese primer fonema indescifrable, ese primer sonido intuitivo, que sale del alma al abrir los ojos al mundo es la M con la A, el cual, repetido adecuadamente da forma a su indestructible figura: MAMÁ.   Felicidades a todas....

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El amor huele

Todos llegan como un huracán de viento fresco, da igual que el aroma nos remonte a la calima veraniega o al frío otoño en Nueva York. Cuando llega, el amor siempre huele a primavera, todo brota a una velocidad de vértigo, como esos documentales en los que vemos florecer orquídeas, rosas o narcisos a cámara rápida. Entre besos que huelen a carmín rojo y deseo púrpura, la ilusión viaja instalada en los ojos de los protagonistas, con ese brillo tan característico del metal recién pulido. El primer amor lo llaman, olor a fruta fresca y vistas a un domingo soleado con todo el día por delante. Para entonces nadie frena la intensidad de un olor que como el del café bien cargado se convierte en esa droga que todo el mundo necesita para echar a andar. Humeante y amargo. Adictivo. Como dos piedras que chocan hasta que las chispas, jadeantes, comienzan a destilar ese olor del papel mojado que empieza a arder. Los fósforos iluminan, esas noches, las sombras del pudor mientras prende la pasión irracional e ingenua del carpe diem. Ese olor lo descubres al día siguiente cuando abres las ventanas y aireas la habitación. Son días en que todo huele al centro de tu andar. Ese amor huele a campos de trigo donde la tormenta estival te sorprende y el olor de la tierra húmeda se confunde con el de los cuerpos sudorosos. Gotas de agua cómplices que van calando hasta los huesos. Ese amor huele a excusa para volver a verse, a cañonazos disparados al alma, a cohetes surcando tu falda. En esos momentos captas tantos aromas que crees flotar, te sientes más alto, notas que no apoyas los pies en el suelo. Ahí, por encima de la contaminación reinante el olfato se da un festín. Como si todo oliera ya diferente, como si lo ácido del limón se hubiera quedado en el frescor de esa fragancia que te eriza la piel, como si el calor pegajoso del metro oliera igual que las caricias sobre tu espalda. Ese chaparrón de éxtasis consiguen extenderlo algunos varias semanas, un par de meses los más afortunados, unos cuantos años si lo que hacen es ver una telenovela. Pero ese primer amor no solo desprende aroma a látex y calzoncillo de domingo. La brisa fresca de esa primavera atemporal viene acompañada del olor a castaños, almendros u hojas caídas que decoran los paseos eternos de los enamorados. Siempre hay hueco para la vainilla en forma de helado y el chocolate se convierte en el entremés ideal antes de llegar al postre. Que como no podía ser de otra manera huele a fruta de la pasión con un toque de canela. También el amor se actualiza y por eso ahora huele al plástico impersonal de los ordenadores, al anonimato de las redes sociales y a las carantoñas teñidas de emoticonos amarillos. Hace tiempo que se esfumó el perfume de la carta escrita, de la postal cargada de añoranza, ni siquiera el amor resiste ya la atracción de la foto revelada. Y por contradictorio que parezca, ese mundo veloz e instantáneo encaja a la perfección con el primer amor. Ahí donde el tiempo huele a arena que se escapa entre las manos, a mecha corta de petardo, a novela con las páginas en blanco, ahí, descubres de repente, la primera bofetada del amor. Nunca más volverás a oler algo igual....

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