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Hasta siempre Calderón

La vida es una sucesión de mudanzas, y éstas, una modalidad de terremoto. No habrá más terremotos a orillas del Manzanares. Ni atascos en la M-30 a las 20:45. Tampoco riadas de gente que entre Pirámides y Melancólicos alimenten una ilusión. Porque ese estadio latía partido a partido, temporada a temporada y año tras año. Da igual si en Primera o en Segunda. En Champions o en Uefa. Con el Atleti o con los Rolling. Pero los sentimientos no caben en cajas de cartón y por eso algo de ese hogar viajará siempre en el corazón de todos los que alguna vez nos sentimos allí como en casa.     Aquel pisito con vistas al Puente de San Isidro se ha quedado pequeño, o eso dicen. Sus inquilinos tienen ahora otras necesidades y anhelan comodidades que ya no encuentran al sur de la ciudad. Han paladeado las mieles de la burguesía futbolística y ellos también quieren piscina y pista de padel al lado de casa. Aunque los accesos sean remotos y el peaje económico elevado. Eso les inquieta ahora a la espera de que la pelota, entre cánticos y bufandas al aire, les vuelva a susurrar aquella frase que acuñó Don Fabrizio Corbera en el Gatopardo: “Que todo cambie para que todo siga igual”.   Yo que no soy del Atleti he vivido en ese estadio algunos de los mejores recuerdos (futbolísticos o no) de mi vida. El primero de todos ir al estadio de la mano de tu padre. Con él, que tampoco es colchonero viví una tarde mágica, goleada incluida que me confirmó que aquella gente estaba hecha de otra pasta. En las malas siempre mostraron orgullosos sus colores. Cosas de familia. La siguiente vez el Cicerone fui yo. En un intento por inyectar el veneno del fútbol a mi primo pequeño le llevé a la Ribera del Manzanares. Cierto que ese día jugaba España y el ambiente siendo bueno era distinto. Se repitió la goleada y encauzamos el pase hacia el Mundial (de Alemania, concretamente), pero se notaba que el piso era de alquiler aquella noche. A mi primo, por cierto, no le convencí.   Tardé en volver, tanto que para la siguiente era un periodista en ciernes. Todavía en calidad de becario acudí con la misión de cubrir un partido para la televisión en la que trabajaba. Ese día me metí hasta la cocina, conocí las entrañas del coliseo rojiblanco y entendí que también ahí nadie te regalaba un centímetro. Volví, claro que volví. Una presentación por aquí, un fichaje por allá hasta escalar al último peldaño del estadio donde se encuentran las cabinas de radio, justo debajo del techo que cubre la M-30. Pocas fotografías permanecerán más nítidas en mi memoria. Ahí con el estadio a mis pies entendí aquello que canta Leiva “que todo el Calderón me lo chille”. Era el día del niño y yo me sentía uno más.   Y es que el Calderón siempre tuvo música. En los partidos y en los conciertos. De ello dan fe los que estuvieron aquella noche del 82 con los Rolling o los que menearon sus caderas al ritmo de la sensualidad de Madonna a principios de los noventa. La aristocracia musical conoció la particular resonancia del templo rojiblanco, desde el Rey del Pop, Michael Jackson al Duque Blanco, David Bowie. A mi me tocó desgañitarme con Coldplay, emocionarme con el himno más famoso de Handel o saltar como un loco con el último concierto en España de Black Eyed Peas. Antes de eso David Guetta ya me había levantado de mi asiento. Después me invitaron a uno de esos conciertos multitudinarios de las radios comerciales, cuyo único aliciente fue poder pisar el césped del Calderón.   Ese collage de recuerdos llevaba en realidad la banda sonora de Sabina y aquel verso genial que es hoy pancarta: “Paseo de los Melancólicos, Manzanares, ¡Cuánto te quiero”. Una declaración de intenciones para esa discografía en blanco que encontrarán en ese ático en las afueras con el que desean ampliar la familia. Sé que muchos pensáis que no lo podemos entender, que solo quien comparte vuestra pasión puede descifrar vuestra locura. Pero los sentimientos son universales, no pertenecen a unos colores, ni a una idea, ni a un escudo. Y se puede haber llorado (o reído) dentro del Calderón sin llevar la rojiblanca. He ahí la paradoja, porque ahí reside parte del encanto (del Calderón) y de la responsabilidad (del Metropolitano): mudar también el espíritu del estadio, llevarse el calor del hogar a la nueva casa. Algo que será más sencillo cuando acudáis al Metropolitano por la Avenida Luis Aragonés y al mirar al banquillo veáis a Simeone. Cuestión de sentimientos....

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Aquella camiseta verde amarelha

Los recuerdos vienen teñidos de ese color que tan bien representaban su carácter. Alegre y jovial, aventurera y generosa, como la nación que abrazó cuando hace más de 60 años cruzó el charco para dar a los suyos el ordem e progresso que aquí escaseaban. Ni siquiera un océano le hizo olvidarse de sus raíces y del amor que sentía por España, pasión que transmitió a sus hijos y nietos para que los lazos no se desanudaran. Fue en una de esas múltiples visitas, en un verano a principios de los 90, cuando uno de sus regalos me llenó de ilusión y ganas. Junto al chocolate brasileño o un café de categoría superior apareció una camiseta amarilla reluciente con tres estrellas en el pecho. En la espalda lucía un 10 estampado en verde que remitía de inmediato a las leyendas del balompié carioca. El flechazo fue inmediato. A ello ayudaría poco después Romario, y Bebeto, y Mazinho entre otros cosiendo la cuarta estrella en esa camiseta con la que yo jugaba feliz en las calles de mi pueblo.   Allí se repetían las visitas. Cada verano huía del invierno brasileño para reencontrarse con su familia a este lado del océano Atlántico. Así entre camisetas del Sao Paulo y balones de fútbol conocí a mi Tio Bruno, al que también supo enseñarle los encantos de su tierra, a Bianca, a Daniela, o a Emerson, nietos que de su mano viajaron por primera vez a Europa. A Emerson esto le gustó tanto que quiso probar suerte aquí con su mujer Marcia y su pequeño Luan. Y así vimos crecer a la familia para orgullo de ella, que ya podía presumir de bisnieta española, Arancha. Mari Carmen, Antonio o Angelo, todos hijos suyos también hicieron el viaje de vuelta para acompañar a su madre en aquellas vacaciones tan especiales.   Ahora que es ella, mi Tia Concha, la Tía Concha como la conocía toda la familia, la que se ha tomado unas más que merecidas vacaciones eternas, debemos ser otros los que devolvamos la visita y honremos su memoria para conocer su legado al otro lado del charco. Ese que ella cruzó tantas veces acompañada de su sonrisa para estrechar lazos y teñir nuestros veranos de alegría verde amarelha.   Esta vez, los presentes correrán de nuestra cuenta, Tía. DEP. ...

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Bajarse al barro

Pasen que no se mancharán. Se lo aseguro. Es cierto que no es igual que entrar en el Bernabéu o en el Calderón, subir a las últimas plantas del Camp Nou o acomodarse en el nuevo San Mamés, pero el aroma es aún más auténtico, más puro, igual de ilusionante. Las emociones se desbordan al mirar sus caras, al palpar los nervios previos y escuchar los cuentos de la lechera que se transmiten de padres a hijos. La música se entona con tambores de guerra, pero como aquello es una fiesta, al final triunfa la charanga, un cuarteto capitaneado por una trompeta, un saxofón, un bombo y una caja capaz de poner de acuerdo a los rivales más encarnizados.   Y es que una fiesta no se la quiere perder nadie, así que todos acuden al campo ataviados con sus mejores galas. ¡Ha venido la tele!, vociferan los lugareños; por lo que da igual que haga calor y el mercurio supere los treinta grados. La bufanda es siempre indispensable, como las pipas y los colores locales, así no te sientes como un extraño aunque sea la primera vez que pises el campo. Con el viento a favor llegan los héroes, esos a los que la semana se les ha hecho eterna, los que llevan un año navegando a contracorriente, los que soñaron con focos y portadas de periódico y ven tan cerca salir de un pozo que no solo les asfixia a ellos, también a sus familias.   Bajo esa atmósfera de tormenta veraniega echa a rodar el balón y el tiempo, inexorable, se disfraza de aliado o de verdugo según para la portería que chutes. La euforia se desata en cada carrera de los tuyos, en cada pugna que ganas, en cada córner. El éxtasis se alcanza cuando el balón besa la red. El flechazo está un poquito más cerca, pero recuerden que estamos en arenas movedizas y no todo va a ser tan fácil. El drama, en un deporte tan universal como este, se esconde tras cualquier esquina, después de un mal control o en ese balón por el que no peleas con la intensidad de siempre. A esa sucesión de infortunios les siguen siempre las mismas instantáneas: rostros desencajados, manos en la cabeza, improperios sin orden ni concierto.   Todo eso, que bien puede ser una vida en noventa minutos, se ve con una claridad definitiva a pie de campo, oliendo a césped recién regado y a un palmo de los banquillos, que son dos cajas de resonancia en ebullición. Allí ves correr por la banda a esos dos impostores que son el éxito y el fracaso, capaces de llenar ambos contendientes de lágrimas con sabores tan diferentes. Al final el sueño que fuimos a contar se quedó colgado de las casas más famosas de toda España, pero en Cuenca pude bajar al barro y volver a enamorarme del fútbol y del periodismo. Y ese es un privilegio que ni el Calderón, el Bernabéu o el Camp Nou te permiten. Ellos lo seguirán intentando. Nosotros también. ...

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La M con la A

Es lo primero que se aprende. Porque su rostro es quizá nuestro primer recuerdo, el tacto de su piel el cordón umbilical hacia el nuevo mundo y su olor la primera fragancia que nos abraza. Luego llegan las carantoñas y los pasos atropellados, las tardes en el parque y los deberes de matemáticas, los bocatas del día de partido y las reprimendas, siempre tan necesarias. A todas horas y a cualquier edad. Nada de eso se olvida y todo se aprende entonces, al calor de su regazo. [caption id="attachment_20991" align="aligncenter" width="600"] Madre e hijo en la playa[/caption]   Hay tantas como personas, y todas, únicas. Comparten eso sí, un ADN común, un libro de estilo que denominan 'instinto', y que les hace prepararse desde muy pronto para regalar luz y esperanza a este planeta. Ese manual suele estar cargado de matices y tonalidades, formas de ser y proceder, valores, virtudes y defectos con los que moldear el cuadro de sus vidas. Una imagen hiperrealista que sueñan en colores vivos y que siempre lleva por título Familia.   Para capitanear ese barco no existe carnet alguno. Pero pocas dudan a la hora de tomar el timón. Agarrado con mayor fuerza si cabe cuando arrecia la tormenta, cuando los problemas adquieren forma de iceberg, cuando el rumbo se pierde en un mar de dudas. Es ahí cuando se multiplican y se desdoblan en varios registros, de psicóloga a enfermera, de profesora a amiga, de esposa a madre. Algo así como ver al capitán del Titanic tocar con los músicos para dar naturalidad a cualquier naufragio. Eso también son lecciones de vida.   Quizá por ello les cueste tanto dejarnos volar, a unas más que a otras, todo sea dicho. Pero es que llevan toda su vida guiando destinos y no hay libros que preparen para esa jubilación de responsabilidades, que muchas ven prematuras. Es ahí en plena madurez cuando esta sociedad instalada en el vértigo de la prisa les concede una segunda oportunidad, una vuelta a los orígenes, un volver a empezar. La sonrisa cómplice de cualquier nieto sabe bien de lo que hablo. Si quieren más pistas pidan migas, porque nadie las hará como ellas.   Pídanlas antes de que se vayan. Porque en esta vida tan perra, en este valle de lágrimas en ocasiones nos faltan demasiado pronto. A veces se marchan, antes de tiempo, pero dejándolo todo en orden como a ellas les gustaba. Lástima que el orden no reemplace su ausencia y ese hueco en la mesa, en su sillón preferido o en su lado de la cama se convierta en una punzada eterna que agujerea el alma. Con el tiempo será estímulo, será motivación, será deseo por y para ella. De repente hay un motivo, otro motivo: Levantarse; Caminar; Continuar; y que ella se sienta orgullosa.   Como nos sentimos nosotros cuando admiramos su generosidad, su paciencia o su ímpetu, su saber estar o su mano izquierda para mediar e intermediar en las situaciones más peliagudas. Como nos sentimos nosotros al descolgar un teléfono en la otra punta del mundo para recordarla que estamos bien. Como nos sentimos nosotros al recordar nuestros primeros balbuceos, lo que primero se aprende. Ese primer fonema indescifrable, ese primer sonido intuitivo, que sale del alma al abrir los ojos al mundo es la M con la A, el cual, repetido adecuadamente da forma a su indestructible figura: MAMÁ.   Felicidades a todas....

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Las Navidades rotas de Osamah

Integrado en España, perfecciona su español para cumplir su otro sueño: volver a entrenar a un equipo de fútbol [caption id="attachment_20968" align="aligncenter" width="1024"] Ossamah en la oficina central de Cenafe. Foto: Emmanuel Ramiro[/caption]     Una zancadilla le cambió la vida. Una falta flagrante que él como entrenador de fútbol de primera división hubiera reclamado desde la banda. Pero en esta ocasión la agresión la sufrió en primera persona y la imagen dio la vuelta al mundo. Una periodista húngara le trabó mientras huía en busca de la tierra prometida en que se ha convertido Europa. Osamah Abdul Mohsen no se amedrentó, se levantó y con sus dos hijos consiguió llegar a España. Tres meses después no podrá reunir a toda su familia en Getafe. Serán unas Navidades incompletas.   [embed]https://www.youtube.com/watch?v=vWVXx9aWviA[/embed]   “Todavía estoy en deuda con Osamah”, confiesa Miguel Angel Galán, “le prometí que traería a toda su familia y todavía no lo he conseguido”. El que habla es el presidente de la Escuela de Entrenadores Nacionales CENAFE. Osamah es uno de los suyos y desde que conoció su historia, Miguel Ángel se ha desvivido por ayudarle: casa, trabajo, colegio para sus hijos, asuntos burocráticos; todo ha pasado por sus manos y el refugiado sirio se muestra más que agradecido: “Miguel Ángel es mucho más que un amigo y solo espero poder juntar a mi familia antes de Navidad” asegura a Osamah.   Finalmente, los trabajos del Ministerio de Asuntos Exteriores han resultado infructuosos. La embajada de Turquía reclamaba varios documentos a Osamah que éste no ha podido presentar. Allí, en Turquía se encuentra su mujer y dos de sus hijos. “Necesito tener a mi familia conmigo porque es muy importante para mí. Sé que hay mucha gente trabajando para que ellos lleguen a España” confiesa Osamah. Esto supondría “una liberación” en palabras de Galán, quien sigue muy pendiente de la integración de Osamah y sus hijos, desde las clases de español que recibe hasta las posibles ofertas para volver a entrenar.   La solución se retrasa ahora hasta el próximo mes de enero, fecha en la que está previsto que Osamah obtenga oficialmente el asilo en nuestro país. Así podrá conseguir el visado para su mujer y sus hijos, un documento que resulta imprescindible para entrar en España. Aunque desilusionado y decepcionado tras haber escrito una carta al mismísimo Mariano Rajoy pidiendo su intermediación en plena campaña electoral, no descarta incluso marcharse de España para reunirse con el resto de su familia.   Ni rastro de islamofobia La acogida que ha dado la ciudad de Getafe a Osamah y los suyos ha sido inmejorable. “Es una ciudad tranquila y agradable, los compañeros me ayudan en el trabajo y los vecinos y la gente que me conoce se preocupa por mi”, cuenta con una sonrisa en la boca. Una sonrisa que se borra al hablar de los atentados de París y sus consecuencias: “Me puse muy furioso y sé que había gente de mi país igual de enfadado que yo. Porque igual que se mató gente en París, se mata gente en Siria, niños, mujeres, personas mayores, todos los días”.   Aunque tiene claro que sospechar de los refugiados como posibles cómplices de ISIS es no conocer la situación: “La gente en Siria no quiere la guerra, no quiere matar a nadie”, afirma, e incluso explica cómo intentan mediar ante los terroristas: “los sirios han intentado hablar y razonar con ellos, incluso plantarles cara, pero cuando utilizan la fuerza y las armas los sirios preferimos marcharnos de allí”. Osamah que no ha sentido discriminación alguna desde su llegada a España sabe que su futuro inmediato está aquí. Pero no se resiste a pensar que cuando todo esto acabe, cuando la guerra finalice, él quiere regresar con los suyos a Siria.   Mientras tanto su día a día arranca muy temprano: “Me levanto a las 7 de la mañana y desayuno con mis hijos. Luego acompaño al pequeño, Zaid, al colegio”. Su otro hijo, Mohamed de 18 años, se marcha solo al instituto mientras su padre regresa a casa a por sus libros. También él estudia. “Voy a clases de español dos veces por semana y por las tardes acudo a mi trabajo en Cenafe”, cuenta Osamah que tiene en el idioma la piedra angular sobre la que gira su futuro. Para poder entrenar, para poder comunicarse con los jugadores y el cuerpo técnico hablar español fluido resulta básico.   “Voy poquito a poquito”, nos dice en un intento de mostrar sus progresos. Aunque las trabas van más allá del idioma. La Federación Española de Fútbol presidida por Ángel María Villar todavía no le ha homologado su título de entrenador. El tiempo apremia y la alternativa sería sacarse de nuevo ese título aquí, aunque todo eso retrasaría aún más el proceso.   La nueva vía que se abre es Qatar. Allí tendrá en breve una nueva oficina Cenafe y el candidato ideal para el puesto sería Osamah, según nos confirman en la Escuela de Entrenadores. Nuestro protagonista no tiene dudas: “Puede ser que me vaya a entrenar a Qatar, Dubai o Líbano en el futuro. Sería un trabajo importante y Cenafe puede contar conmigo si lo necesita”. Aunque puntualiza que una vez puesta en marcha la oficina su deseo sería volver a España.   [caption id="attachment_20967" align="aligncenter" width="1024"] Ossamah con sus hijos, Zaid (7 años) y Mohamed (18 años). Foto: Twitter CENAFE[/caption]   Conocer a Cristiano Ronaldo Hasta que una cosa o la otra suceda Osamah sigue perfeccionando su español a base de juegos con su hijo Zaid. El pequeño, de apenas 7 años, es el que peor lo ha pasado en estos primeros meses. “Al principio fue complicado por el idioma y porque echaba de menos a su madre pero ahora ya ha hecho amigos en el colegio y tanto él como Mohamed están muy contentos” responde Osamah. A esa felicidad también contribuyó el Real Madrid. Florentino Pérez y Emilio Butragueño invitaron personalmente a toda la familia a un entrenamiento en Valdebebas y al partido Real Madrid – Granada disputado en el Santiago Bernabéu.   Así Zaid pudo conocer a su ídolo, Cristiano Ronaldo. Su padre, al igual que su hermano mayor, Mohamed, son declarados aficionados del conjunto blanco y nunca olvidarán un día tan especial: “Todo entrenador sueña con entrenar al Real Madrid y yo he podido estar ahí con ellos. Era la primera vez para nosotros en el Bernabéu y fue uno de los días más importantes de nuestra vida”. A buen seguro que en las próximas fechas llegan más momentos inolvidables para Osamah y los suyos. Nunca una zancadilla ofreció tanta felicidad.   Publicado en ELPLURAL.COM el 24 de diciembre de 2015  ...

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