Champions League Parque de Atracciones

Hay gente a la que no le gustan los parques de atracciones, tampoco los cochecitos de choques. No lo concibo, pero afortunadamente tiene solución. Pónganse delante del televisor una noche de Champions. Partidos de vuelta, a poder ser. El carrusel de sensaciones será similar, desde el miedo irremediable antes de la caída, a la incertidumbre propia de lo que esconde la siguiente curva. En uno de esos partidos, uno puede encontrarse a Freddy Krueger de frente en la casa del terror, una sensación de ahogo que se parece bastante a que te piten un penalti en contra en el minuto 93. Marcarlo, salir a la carrera y quitarte la camiseta es todo uno. Una mezcla de éxtasis y alivio en la que dejas atrás todos tus fantasmas.

 

En la montaña rusa en la que el Real Madrid ha convertido su temporada no cabía un derrape más. Y sin embargo el descarrile estuvo muy cerca. Se empeña la Champions, que es el Disney World del fútbol, en sacar nuevas atracciones cada año. Esta temporada se ha especializado en remontadas imposibles. Ese Real Madrid – Juventus en el Bernabéu parecía un tiovivo para niños, un carrusel sin emoción, una atracción light. Y a medida que los caballitos giraban las sorpresas se multiplicaban. Los bianconeri se veían galopando sobre el césped del coliseo blanco, mientras que los madridistas se veían atropellados en su propia casa. Mareados en pleno tiovivo.

 

Incapaces de coger las riendas, el miedo y los nervios les devoraban. El tiovivo se había convertido en las sillas voladoras y solo deseaban salir de allí sanos y salvos. A la Juventus le pasaba justo lo contrario, aburrida de ganar el Scudetto a ritmo de tren turístico, cuando se vio en lo alto del Top Spin se puso a tocar las palmas. Había llegado al parque con la inconsciencia de un niño, sin nada que perder. Y en esos 90 minutos molto longo vivió de la pubertad a la madurez, hasta que se llenó de responsabilidades. El vértigo les pilló en lo alto de la montaña rusa, antes del último giro, cuando todo iba sobre ruedas. A esas alturas no estaban preparados para el último looping y terminaron vomitando su enfado nada más bajar de la atracción, especialmente Buffon. Como si no se creyeran el penalti acudieron a las repeticiones una y otra vez, que es lo que hacemos todos cuando en los parques de atracciones buscamos nuestras fotos para comprobar si nos han pillado aterrorizados.

 

No necesitó el Barça ver ninguna foto. De hecho en ninguna salía bien parado. Llevaba el Barça una temporada en la que se movía como esos matones que pilotan con suficiencia los coches de choque en las ferias de pueblo. Nadie se atrevía con ellos. Por eso el golpe fue aún más inesperado. Tuvo que ser en la caótica Roma, siempre con el tráfico cargado, donde los azulgrana terminaran descarrilando. Y de qué forma. Tras mostrar su debilidad al primer rasguño, los choques se sucedieron hasta terminar abollando por completo la confianza ganada a lo largo de una temporada. Despojados de la fiabilidad defensiva, de la solvencia de su juego y de la magia de Iniesta y Messi, el deportivo se había convertido en una cuadriga de madera. Y ahí los gladiadores romanos no tuvieron piedad.

 

A veces el ridículo es el peor de los miedos. La espantosa sensación de tropezar delante de millones de ojos puede convertirse también en la mejor gasolina para que el motor no gripe nunca. En ese estrecho límite suele moverse el deporte de élite. Lo demuestra la Champions cada vez que los mejores estadios de Europa encienden sus luces entre semana. Un estrella menos brillará, eso sí, a partir de ahora en el principal parque de atracciones de Europa. La caída del imperio culé en Roma es también la última batalla de Iniesta en el Viejo Continente. Dicen que se va abrir un parque temático a China. Ya lo dijo Florentino Pérez: “Un club de fútbol es como un parque de atracciones”.

 

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