Días Violetas

Hay gritos coloreados de reivindicación. Y quizás pocos con tantas tonalidades, tantas connotaciones y tantos sinónimos como los de estos días. No hay color con más acepciones que el morado. ¿O tal vez sea lila? ¿Mejor violeta? Siempre fui incapaz de diferenciarlos. Cualquiera de esos tres colores tiñó París el martes. Lo tiñó Cristiano con su gol entre la humareda. Con un grito que nos recordaba  a todos lo de siempre. No deis por muerto al Madrid. Un equipo capaz de ganar una Champions (la última) vestido de morado. Ardía París y se quemaba El Parque. Donde el rey se divertía con los fuegos de artificios. Mientras, los rostros de los responsables de la que iba a ser la película del año adquirían esa tonalidad mortecina que acompaña a los moratones. Golpeados una y otra vez por la realidad. Machacona. Por la vergüenza. Irresponsable. Por la decepción. Dolorosa. Es lo que tiene retar bajo los acordes de Handel al Real Madrid. Entre tanto el PSG se lanzó a los brazos de sus ultras para llegar con ellos donde no alcanzaba su fútbol. En 7 años, Nasser Al-Khelaifi ha demostrado que uno se puede enterrar bajo billetes de 500 euros. Morados, ellos. Pero la grandeza no se compra.

 

Entre todas las formas de nombrar a ese color que me trae de cabeza, mi favorita es la italiana. Quizá sea por el influjo de Baggio y su magia fugaz. Por los goles de Batistuta patrocinado por Nintendo. O por la forma que tienen allí, en Florencia, de unirse ante la desgracia. En el pasado lo hicieron con Borgonovo y su ELA. Antes de que la stronza (la cabrona) como denominaba él a su enfermedad venciera. Esta semana un manto viola ha teñido la ciudad de los Medici ante la pérdida desgarradora de otro de los suyos. Se está muriendo el fútbol muy pronto para algunos últimamente. Hablo de Davide Astori. Capitán de la Fiorentina de 30 años, internacional italiano, murió el pasado domingo de un paro cardiaco. El jueves un mar de emoción y llanto viola inundó la Piazza Santa Croce. La misma donde Stendhal sufrió su famoso síndrome. Esta vez, la belleza era excesivamente dolorosa.

 

La grandeza (y la belleza) se descubre en ocasiones en los pequeños gestos. En detalles que conectan como una red wifi con nuestros valores humanos. La Fiorentina renovó el contrato de Davide de por vida el día después de su muerte. El salario irá a parar a su esposa y su hija. Nadie lucirá nunca más el 13 viola. La camiseta de Davide fue también retirada por el club de la Toscana. Hay entidades que no necesitan levantar ningún título para ganarnos a todos. Entre las innumerables muestras de apoyo y cariño de todo el fútbol italiano y mundial sobresalió el gesto de otro Capitano. Daniele de Rossi, jugador de la Roma y amigo íntimo de Davide, no dudó en desplazarse hasta Florencia para dar el último adiós a su compañero. Tenía partido al día siguiente y un tobillo maltrecho que necesitaba recuperación. Llegó a tiempo al funeral. Y llegó a tiempo al partido. Marcó y señaló al cielo. De capitán a capitán.

 

Donde no se tuvo en cuenta los galones fue el pasado 8 de marzo. Ni los galones ni el género, porque aunque la huelga fuera femenina, la reivindicación fue conjunta. La reflexión teñida de violeta nos reclamaba una sociedad más justa a todos. Y en ese partido por la igualdad tiene el deporte mucho que decir. También mucho que mejorar. Lo primero debería ser eliminar el apellido femenino de las disciplinas. Como si las reglas cambiaran porque lo practicara un hombre o una mujer. Será fútbol, baloncesto, tenis o ciclismo. A secas. Sin importar los contendientes. La equiparación de premios o los clichés físicos son otras de las rémoras a extinguir. Mientras que la atención mediática debería cortar de raíz las connotaciones sexuales que acompañan a muchas de las noticias protagonizadas por chicas. Lo que confirma que representantes del Australophitecus han llegado hasta nuestros días. Entenderéis, por tanto, que la carrera es de fondo y le quedan muchos obstáculos por superar. La reivindicación por la igualdad fue siempre una maratón. No obstante, allí empezó a abrirse camino esa heroína que fue Katherine Switzer, la primera mujer que consiguió correr la maratón de Boston. El coto vedado para hombres empezó a agrietarse hace ya 51 años. Quedan kilómetros por delante pero no habrá ‘muro’ que os detenga. Ya habéis pintado las conciencias de color, por mucho que nosotros no sepamos ni cómo denominarlo.

 

Bonus Track. La historia de Katherine Switzer.

 

No Comments

Post a Comment

A %d blogueros les gusta esto: