Dos leyendas del FC Barcelona y del Sporting de Gijón

Duendes y brujos

Ha sido una semana de héroes. Duendes y brujos. De Grecia a Gijón, pasando por Ámsterdam. En la capital de los Países Bajos, regado por los canales que pintan de tulipanes sus campos, fue a parar un héroe griego a principios del siglo XX. Nunca imaginaría Áyax -ese héroe griego- tal repercusión. Su figura puebla hoy la ciudad. Camisetas, banderas, gorras y bufandas. Orgullo de una localidad que tiene en su equipo, el Ajax, al principal embajador de su país. A mi ese duende (así veía yo el escudo de este club) me fascinó desde niño, cuando el último gran Ajax conquistó Europa con una generación de oro y un fútbol atrevido. La siguiente noticia que tuve de ellos fue la inauguración del primer estadio del Siglo XXI. El Amsterdam Arena venía del futuro, con su cúpula acristalada, con su techo retráctil, con sus gradas multicolor. Allí nunca jugó El Flaco. Él impartió clases en De Meer y en el Estadio Olímpico. Pronto el estadio del futuro se llamará Johan Cruijff. No hay mejor manera de honrar al pasado.

 

Por suerte hay clubes que no han vendido su alma. Y ese duende se respira en De Toekomst (El Futuro en neerlandés). En la ciudad deportiva del Ajax puedes ser atropellado por un grupo de niños camino del entrenamiento. Saltar de un campo a otro entre canales. Cruzarte con las estrellas del equipo sin querer. Algo así como un viaje en el tiempo que te reconcilia con el fútbol. En un ambiente familiar que alcanza el alma y que por momentos eriza la piel. Son esos instantes en que revives tu infancia, ya sea viendo a Kluivert levantar la Copa de Europa o la elegancia que desprendía una carrera de Bergkamp. La majestuosidad se escribe en los 195 centímetros de Ibrahimovic, pero la idea, la idea se sostiene sobre el 14. Con ese número se explica la historia de un club y el legado de su leyenda. En Amsterdam, nunca hubo ni habrá un duende como Johan.

 

Algo similar ocurre en la Playa de San Lorenzo. Aunque allí son más de El Brujo. Enrique fue un gran amigo de Johann. Ambos colorearon las tardes de domingo con goles. En una España en blanco y negro ellos fueron la ilusión y la esperanza, luz en la penumbra, escorzos imposibles hacia nuevos tiempos. Enrique Castro Quini forjó su leyenda a base de naturalidad y eficacia. Tanto dentro como fuera del área. Una leyenda que desde Mareo, irrumpió como un temporal de esos que azotan en el Cantábrico hasta  inundar El Molinón con su carisma y sus goles. Ese oleaje alcanzó al resto de España. 7 trofeos pichichis (dos en segunda división) lo atestiguan. A orillas de El Molinón el salitre todavía huele a los goles de Quini. 

 

Parte indivisible del escudo, referente de un club y embajador de una ciudad. Eso fue primero el delantero; luego el delegado; y más tarde el director de relaciones institucionales del club. De su Sporting se fue para jugar al lado de Maradona y volvió porque su alma nunca abandonó la Playa de San Lorenzo. Ni siquiera en los 25 días que estuvo secuestrado. El día de su liberación, España ganó a Inglaterra 1-2 en Wembley, pero las portadas solo hablaban del fin de su cautiverio. Más tarde, perdonaría a sus secuestradores. Cosas de Brujo. No fue la única vez que tuvo que regatear a la vida. En 1993 su hermano, Jesús, fallecía en una playa asturiana ahogado al intentar salvar la vida de dos bañistas. En 2006 le detectaron un cáncer de garganta que lo alejó unas temporadas de los terrenos de juego. Pero el alma del Sporting volvió con fuerza, al grito mítico de “Ahora, ahora Quini, ahora” para revivir el último ascenso a Primera del Sporting, con él como delegado, hombre orquesta y pichichi de la conciencia nacional.

 

Posteriormente se produjo el encuentro. El Sporting visitaba el Bernabéu y un periodista en ciernes cubría la llegada de los asturianos a Madrid. Fue un cruce de palabras que ahora maldigo no recordar, apenas un saludo y poco más. Resultó más que suficiente para apreciar su naturalidad y su cercanía, antónimos en el fútbol actual. El cometido era sacar unas declaraciones a Manolo Preciado, otro malogrado mito sportinguista, pero la estrella, el más demandado por jóvenes y mayores era Enrique, que complacía a todos con una sonrisa. La misma que se dibujaba en su rostro cada vez que perforaba la redes. Decía David Villa, su mejor alumno, que en el equipo del cielo necesitaban goles y que por eso se han llevado al mejor. Aquí abajo, a partir de ahora, los goles que se canten en su casa, en ese estadio que se quedó pequeño para despedirle, lo harán al abrigo del 9, en el recién bautizado Estadio El Molinón – Enrique Castro Quini. Y es que en Gijón nunca hubo ni habrá, un Brujo como Quini, el 9 del Sporting. DEP.

 

Bonus Track: ¡Ahora, Quini Ahora! – Pipo Prendes.

 

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