El largo viaje de Andrés

En aquel coche no hablaba nadie. Una nueva vida se abría para la familia Iniesta-Luján pero la incertidumbre gobernaba ese viaje. Por delante los casi 500 kilómetros que separan Fuentealbilla de Barcelona y una historia por escribir, un relato que sería épico pero que nace desde el drama. No hay consuelo suficiente para una madre a la que arrancan un hijo a los 12 años, por mucho que este se fuera a cumplir su sueño. Una vez instalado en La Masía, entre llamadas telefónicas sazonadas con lágrimas y entrenamientos con los compañeros, el joven Andrés había emprendido otro viaje. El que le llevaría hasta el costado izquierdo del Camp Nou. Cada mañana lo veía ahí, a unos pocos metros, desde su ventana, pero alcanzarlo costaría años. En ese tiempo se cinceló la persona y se pulió el futbolista, maduró a la velocidad de sus eslalons y entendió que el agradecimiento al esfuerzo de los suyos solo podía llegar desde la pelota. Una cabeza privilegiada para el fútbol y para la vida hizo el resto, aunque todo estuviera marcado por la distancia. Tan cerca del Camp Nou, tan lejos de casa.

 

En el siguiente viaje desterró los tópicos. Un chico menudo, de estatura media y sin un gran disparo a portería pretendía gobernar el centro del campo culé. En un tiempo donde el físico lo dominaba todo y donde la inteligencia quedaba relegada por la testosterona, Iniesta regateó al destino. Lo hizo en las categorías inferiores, donde su visión periférica, donde el cambio de ritmo con la pelota pegada, donde alguna que otra croqueta empezaron a florecer para convencer a los agnósticos. El bailarín perfeccionaba sus pasos mientras acudía puntual a las fechas claves. Otra de sus virtudes. Ese día tocaba partido en el Camp Nou y con apenas 15 años Andrés dibujó el futuro. Un disparo suyo dio la victoria al Barça en la prestigiosa Nike Cup ante la fascinación de Guardiola en la grada. Fue solo la primera vez, luego llegaría la final de París y la resurrección azulgrana con él en el campo; la final de Roma en la que le impidieron chutar a portería e inventó el primer gol para Eto’o; el Iniestazo en Stamford Brigde; el gol del Mundial; la final de la Eurocopa 2012 donde terminó siendo elegido mejor jugador; o el recital en su última Copa del Rey con gol incluido. Los días grandes eran días de Enjoy Iniesta.

 

Aunque su principal odisea fue la de acabar con los complejos. Empezó a combatirlos en Brujas, cuando Van Gaal le dio la alternativa en su debut oficial como azulgrana. Siempre recordado por él como el día más especial de su carrera deportiva, quizá porque se demostró a si mismo que sí, que era posible, que todo ese sufrimiento había merecido la pena. Aquello no había hecho nada más que comenzar y todavía quedaban muchas patadas por recibir, muchas zancadillas que sortear. Los complejos se fueron desnudando con esa naturalidad pasmosa con la que Andrés hace todo, con un trallazo en Old Trafford (¡pero si Iniesta no tiraba!), para que la España de Luis Aragonés conquistara las Islas. De allí salieron lanzados hacia la Eurocopa 2008 con Andrés como estilete.  Tras la victoria todavía quedaban miedos que alejar y fantasmas que espantar. El viaje hasta Sudáfrica tuvo mucho de lucha personal, de resiliencia, de redención. En una temporada dura, durísima, marcada por las lesiones y la muerte de su gran amigo Dani Jarque, Iniesta no solo luchó con los rivales en el campo. También con la depresión fuera de él. Por todo ello ese gol es Ítaca, es la liberación de los complejos personales y colectivos de una generación, de un tiempo de España representado en Andrés. Hay un grito en ese gol de Johannesburgo que nunca se oyó y que Iniesta nos susurró a todos: “Somos capaces, solo hay que atreverse”.

 

22 años después de ese viaje en coche que le llevó hasta Barcelona, Iniesta, símbolo de la cantera culé, se atreve otra vez. Se atreve a emprender un nuevo viaje al que acude con las alforjas llenas de cariño y reconocimiento. Tanto de rivales como de compañeros, de entrenadores y aficionados al fútbol. Rendidos a un genio sencillo y extraordinario, inalcanzable para el común de nosotros, capaz de escrutarse a si mismo ante el espejo y detectar antes que nadie que el tiempo le ha empezado a ganar el partido. Con la misma responsabilidad que demostraba ya con 12 años entiende ahora que el agradecimiento se paga en copas de vino y que el fútbol es hoy un puente para brindar en China con sus caldos. Una muestra más de gratitud a los suyos, a esos que saben que la pasión va por dentro, como reza el lema de su bodega. Una pasión a la que todavía le queda alguna parada intermedia. Será en Rusia el próximo verano, donde Andrés derroche las penúltimas gotas de su talento para regocijo nacional. “Me gusta pensar que el fútbol, como la vida te devuelve lo que le das”, suele decir Iniesta por eso las lágrimas de ayer podrían enjugarse en Ítaca.

 

 

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