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El miedo de un RE*

Para empezar

diré que es el final

No es un final feliz

Tan sólo es un final

Pero parece ser que ya no hay vuelta atrás…

 

Algo así debió entonar Tarquinio El Soberbio allá por el 509 a. C. cuando su tiránico gobierno acabó con la Monarquía Romana. El séptimo rey de una dinastía iniciada, según la leyenda, por Rómulo. Sí, ese niño amamantado por la loba que en las faldas del Monte Palatino colocaría la primera piedra de la Ciudad Eterna. Un miedo aterrador invadió a Tarquinio cuando el Senado ordenó su exilio y nunca más pudo pasear a orillas del río Tíber. De repente se había acabado su reinado y no sabía hacer otra cosa que reinar. Roma abrazaría entonces la República y pasarían más de 25 siglos hasta que naciera el siguiente monarca.

 

pancarta Totti

 

Miedo

De quererte sin quererlo

De encontrarte de repente

De no verte nunca más…

 

Ese Rey sería romano y romanista. “Un privilegio”, según sus propias palabras. También sería un tipo burlón y sin estudios, con un corazón que latía por su ciudad y los colores de su monarquía Giallorossi. Un tipo leal impregnado del talento que solo atesoran los elegidos. Su gobierno comenzó hace 25 años y concluyó ayer, entre lágrimas en el Palacio de sus sueños, el Olímpico de Roma. El octavo Rey abdicaba. Francesco Totti se retiraba del fútbol. 40 años en sus botas.

 

Y sin embargo, como rezan esos versos, fue y será imposible no quererlo porque él cumplió el sueño de tantos: de la curva sud al centro del campo; del hincha apasionado que alentaba a sus ídolos desde la grada a convertirse en el icono más grande que ha tenido la entidad romana. Será difícil, en cualquier caso, no encontrarte de repente con Totti en Roma, en una camiseta granate, en una tienda de recuerdos, en ese mural que inmortalizó la celebración de Il Capitano. Aunque sin duda, lo más difícil será no verlo nunca más en un terreno de juego, en su jardín de infancia.

 

corner totti

 

Miedo

Ya sé que es el final

No habrá segunda parte.

Y no sé cómo hacer para borrarte

 

Y es que hasta para un Rey hay batallas insalvables. Al tiempo le regateó burlón, le engañó con palabras en romanesco y con goles decisivos hasta sus últimos días. Alargó su sueño hasta más allá del minuto 90 pero el tiempo, inexorable, no entiende de sangre azul. Él que lo detuvo con una cucchiaio, con una ovación en el Bernabéu o en uno de esos pases inverosímiles para acabar con los rivales terminó claudicando en el circo romano. Antes, ganó la batalla más grande del fútbol moderno. Estar 25 años con la misma camiseta. Tal y como proclamaba una de las pancartas más recordadas de su despedida. Para entonces 75.000 espectadores lloraban desconsolados. No había pulgares abajo. No había más emperador que él. No habrá otra abdicación más sentida.

 

brazalete

 

Es ahí cuando Totti se desnuda y destapa sus temores. Porque apagar la luz nunca fue sencillo. Así se sinceró con su pueblo: “Tengo miedo. No es el mismo miedo que se siente delante de la portería cuando tienes que marcar un gol, esta vez no puedo mirar a través de los agujeros de la red qué habrá después. Ahora soy yo quien necesita vuestro calor”. Totti teme al mañana, al ya hoy, al primer día sin fútbol en sus pies, al fin de semana sin sentido. Por eso Francesco, que no sabía hacer otra cosa que reinar tuvo en ese momento un último destello de clase: nombrar heredero. El futuro empezó también a escribirse ayer cuando Il Capitano entregó su brazalete al capitán del equipo benjamín, el más joven de cuantos pueblan la cantera romanista. Aquello no le liberó de sus miedos pero fue el epílogo más hermoso que se recuerda en una abdicación.

 

*Re: Rey en italiano

 

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