Maestro de maestros

«¿Para qué sirve la utopía?… para caminar». Eduardo Galeano

 

Hay maestros sin master. Y hay también demasiados másteres para tan pocos maestros. Eduardo Galeano era de los primeros. Natural de Montevideo (1940-2015), el escritor y dramaturgo nos dejó hace tres años y sus enseñanzas siguen hoy más vivas que nunca. El autor de Las venas abiertas de América Latina, una de sus obras cumbres, tendría hoy materia prima suficiente para abrir las venas al viejo continente, con su pluma afilada y certera, para dejarnos a todos en cueros. Para desnudarnos de tanta fachada impostada, de tanta mediocridad maquillada con filtros. A Galeano se le echa de menos entre la oscuridad reinante. La luz está en sus libros.

 

Antes de pisar la Universidad, el escritor uruguayo había sacado matrícula de honor en la escuela de la vida. Obrero en una fábrica, dibujante, mensajero, mecanógrafo o cajero en un banco fueron algunos de los oficios en los que se curtió en su adolescencia. «El hambre desayuna miedo» escribió en uno de sus poemas, y él intentó combatir ambos monstruos desde bien joven. Ni siquiera el nacer en una familia acomodada le hizo despegar los pies del suelo, comprometido con el momento y las gentes de su tiempo. Fue siempre un enamorado de Sudamérica, y entendió que no había mejor manera de devolver el honor a su tierra que denunciando las injusticias y los abusos sufridos. Pese a que hablaba nuestro mismo idioma, a nosotros todo aquello nos sonaba muy lejano, sin saber que a la mezquindad no hay océano que la contenga.

 

Buen conocedor de nuestra tierra, viajó a España cuando se abrieron las ventanas, allá por 1976. Desde aquí, desde el otro lado, escribió Memoria del fuego para estar más cerca de los suyos. El libro es en realidad una trilogía, un viaje dividido en tres estaciones que abarca desde los orígenes del continente americano hasta los vientos de cambio que florecieron en la segunda mitad del siglo XX. A mitad de camino entre el tratado histórico y la tradición popular, los relatos se suceden para dar cabida a hechos reales y leyendas. En nuestro país disfrutaría también de otra de sus grandes pasiones: el fútbol. Galeano fue testigo de excepción del Mundial ’82 y de las andanzas de Maradona en Barcelona. Algunos de aquellos recuerdos fueron luego inmortalizados en El fútbol a sol y sombra, un clásico de la narrativa deportiva con el que se divorció del tópico. Los intelectuales también podían amar la pelota.

 

Convertido en icono y referente de la literatura latinoamericana, estuvo siempre del lado de los más desfavorecidos. Sus discursos, sus relatos y una gran parte de su universo y reflexiones personales se pueden encontrar hoy en la red, con mención especial a Youtube. Sobre todo, porque ahí el maestro consigue transmitir no solo sus conocimientos sino también las pasiones y desilusiones con las que tuvo que lidiar a lo largo de su vida. En su legado se aprecia también la capacidad de adaptación ante la velocidad de los cambios. Y una lucidez asombrosa para desentrañar los caminos futuros. Unas certezas asentadas en sus grandes conocimientos del pasado, donde todo se explica.

 

Ahora que el miedo manda para llevarnos a la confrontación en todos los ámbitos de la vida, resulta más necesario que nunca releer a Galeano. Sus textos (y sus vídeos) han rejuvenecido a medida que pasaba el tiempo. Y es que el uruguayo comprendió que, solo indagando sobre lo que nos rodea, recorriendo los caminos de ida y vuelta, despojado de prejuicios, se podía aspirar a rozar la verdad. De ella está cargada su escritura, aunque rompa muchos de los esquemas que nos han construido. Pero es que, como bien decía el maestro: «¿Para qué escribe uno si no es para juntar pedazos?»

No Comments

Post a Comment

A %d blogueros les gusta esto: