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MUROS

“El orgullo construye muros. La humildad, puentes” Papa Francisco

 

Para la generación que crecimos viendo caer el de Berlín, abriendo puertas fronterizas y descubriendo el mundo desde una pantalla de ordenador se nos ha hecho de noche demasiado rápido. Esa misma generación creció fantaseando con viajes en el tiempo, con películas que imaginaban regresos al futuro, y con que en 2015 nos moviéramos con patines voladores. La ilusión ha durado poco. Y la oscuridad empieza a apoderarse de todo mientras tapiamos esas ventanas, cerramos las fronteras y nos reservamos el derecho de admisión. En estas primaveras, Neruda, lo que florecen son los muros.

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Así ocurre en el país de las libertades, en la tierra de las oportunidades, donde el sueño americano suena hoy a eslogan rancio de publicidad. Y es que en los Estados Unidos creen que para volver a ser grandes nada mejor que blindar la frontera sur del país. O mejor dicho, seguir blindando. Porque de los 3000 km que marcan el territorio con México, en más de mil ya encontramos vallas que delimitan y cortan el paso a cualquiera que intente cruzar la línea. Así ocurre desde 1994. La irrupción de Trump en la Casa Blanca “solo” ha redoblado la apuesta.

 

Y es que en la ruleta del juego político apostar por la teoría del miedo y por aranceles ante lo desconocido, lo nuevo o lo diferente sigue reportando ganancias. Poco importa que esas vallas, fracasos de nuestra responsabilidad como seres humanos, se hayan mostrado también imperfectas. Porque no descenderán los intentos (quizá sí los casos de éxitos) de saltar a EE.UU., porque no se reducirá el ida y vuelta de los narcotraficantes, con demasiados atajos creados ya para que su mercancía llegue a buen puerto.

 

No tan lejos como el océano que nos separa de Mexico tenemos buenas referencias. En Melilla también hay una valla, que no deja de ser un muro translúcido, para recordar a África que hay que escalar más alto si lo que se quiere es alcanzar este supuesto paraíso. Casi todos los días tenemos buenos ejemplos de cómo esa valla no soluciona nada. Atempera. Mitiga. Aplaca. Pero no resuelve el problema, no se cura la brecha, no se dibuja un futuro donde la única solución no sea jugarte la vida en el intento.

 

Porque la yincana continúa en forma de río o de estrecho. Hay que mojarse para alcanzar el Edén. Ocurre en EE.UU donde el Río Bravo o Río Grande forma parte de la frontera natural en el noreste de México. Ocurre en la puerta de Europa que es el Estrecho de Gibraltar. Y la naturaleza también emite facturas. Esa arquitectura de prevención está dañando el ecosistema que sobrevive alrededor del río en los estados Chihuaha o Coahuila (México). La interrupción de los cauces naturales ya han provocado inundaciones mientras que la vida de decenas de especies corren peligro. Porca miseria para un tipo como Trump.

 

Más preocupación le puede causar el golpe económico que desencadenará el muro. El tránsito tanto de personas como de vehículos que de manera legal cruzan la frontera es continuo. Según cifras norteamericanas 300.000 vehículos, entre ellos 15.000 de transporte de mercancías, y hasta un millón de personas hacen el viaje de ida y vuelta entre EE.UU. y México, un intercambio comercial que deja en la frontera 1.000 millones de dólares al día. Un flujo de dinero que ya sufre retrasos y pérdidas después de que los plazos de tiempo aumente ante las exigencias para pasar de un lado al otro.

 

Y es que por florecer han florecido hasta muros de ruptura y salida, muros metafóricos levantados por la flama y el carácter isleño de unos británicos que se han ido empequeñeciendo desde que empezaron a perder su imperio. Aquella ambición global ha derivado en una cerrazón y defensa hasta el extremo del localismo británico que puede suponer el golpe de gracia definitivo a la Unión

Europea, vía Brexit. Ellos que han surcado tantos mares prefieren ahora poner diques de tinte racista en el Canal de La Mancha, sin darse cuenta que el mayor muro a derribar sigue estando en la cabeza de algunos.

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