Piqué manda callar a Cornellá

Silencio, se juega

 

Tres gestos que resumen una jornada. Un fin de semana marcado por el silencio, que a veces hace demasiado ruido. Ya lo cantaba Depeche Mode en aquel mítico Enjoy the Silence: Las palabras son muy innecesarias, solo pueden hacer daño. Fueron ese tipo de palabras las que llevan tiempo hiriendo a Piqué. Sobre todo cuando se desplaza al extrarradio barcelonés, a Cornellá, concretamente. Barrio de gente noble y trabajadora, donde también hay impresentables. Quiso el destino, juguetón y pícaro, darle una nueva oportunidad a Gerard. Y él respondió en el campo con el aplomo que suele. Sin un pero en casi 90 minutos. Si acaso, ese dedo en los labios, su particular revancha para  silenciar una tromba de pitos e insultos que posiblemente nos sacarían a todos de nuestras casillas. Algunos han querido ver ahí también unos cuernos, negados por el protagonista, y que depende de lo mal pensado de cada uno o de la inquina que te produzca el personaje para creerle o no. Luego, Piqué patinó donde suele, ante los micros, con un mensaje rancio y trasnochado que sorprende en un tipo tan preparado con él. Las palabras, utilizadas para herir a sus vecinos, dejaron más en evidencia al central catalán que a los indeseables que campan a sus anchas por los extrarradios del fútbol, habitualmente en los fondos de los estadios.

 

No fue el fondo del Metropolitano, sino la tribuna lateral del Wanda quien recriminó su acción a Griezmann. En esa relación de amor odio con la estrella gala, el animoso público rojiblanco no entendió su frenazo ni su conservadurismo. No entendió que parara el contragolpe para conservar el 1-0. Signo de identidad de su técnico, Simeone. El mismo que varios ataques antes les había pedido calma a los delanteros rojiblancos. En cualquier caso, la imagen de Antoine sofocando el ansia de sus aficionados habla, sin mediar palabra, de una relación rota, de una reacción airada, de un silencio de tensión no resuelta. No es la primera vez que el 7 rojiblanco escucha sonido de viento cuando la pelota pasa por sus pies y eso en la piel de una estrella rechina más que en otras epidermis. El francés, uno más de la familia hasta que deje de serlo, hace tiempo que piensa en independizarse a una nueva casa, por mucho que intente acallar los rumores.

 

Quizá por que intuía todo lo que se hablaría después, pidió silencio Cristiano Ronaldo en el Ciutat de Valencia. Y eso que en ese momento su equipo ganaba 1-2. No reclamó los focos esta vez el portugués, quien en la intimidad del banquillo fue asaltado a punta de cámara ante lo extraordinario de la situación. No es habitual encontrarse ahí a Ronaldo y con un Madrid de altibajos cualquier mueca alcanza para una tesis. Aquí se lo resumimos en un titular: Silencio, se juega. O lo que es lo mismo, la noticia está en el rectángulo de juego, lo importante es lo que allí sucede, enfoca a mis compañeros que yo hoy no voy a hablar más con mis goles. No vive el portugués su mejor momento como madridista, ni por rendimiento, ni por eficacia, pero al menos Cristiano ha optado por hablar solo en el terreno de juego y no dañar, a su afición o a la rival, con palabras innecesarias.

 

En las tentaciones del silencio hemos caído todos alguna vez. Desde los pachangas de barrio al patio del colegio, pasando por el Camp Nou. No deja de ser curioso que el coliseo azulgrana aparezca de fondo en algunas de las instantáneas más celebres del silencio. Desde un deportista ejemplar como Raúl, hasta el hijo pródigo que entonces jugaba para el vecino, como Iván de la Peña. Allí cuando quieren acallar una victoria encienden los aspersores. Y todas y cada una de esas imágenes deberían acudir a nuestra cabeza sin ánimo de revancha, cómo una anécdota que reside en el extrarradio de este deporte llamado fútbol. Porque ahora que todos tenemos la piel tan fina ante cualquier gesto, es buen momento para recordar que lo que hiere de verdad son las palabras. Porque te convierten al instante en esclavo de ellas.

 

 

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