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Un manojo de llaves

[caption id="attachment_20697" align="aligncenter" width="660"] Llaves que ayudan a abrir puertas[/caption]   No lo recuerdo. Pero lo hemos rememorado tantas veces que a mi retina no le cuesta reproducir la escena y mi cabeza encuentra fácilmente los atajos que activan la nostalgia. Un niño que da sus primeros pasos por el atrio del Real Monasterio, que se siente diminuto ante la majestuosidad de tanta piedra y tanta historia, que ríe feliz persiguiendo ese manojo de llaves. Metáfora de la vida, que en este valle de lágrimas, le irá abriendo puertas y también cerrándoselas.   La primera de esas llaves abre una torre. Es la torre de Santa Ana que todos los guadalupenses conocemos como Torre del Reloj. A escasos metros de esa circunferencia de pizarra negra que se encarga de platear nuestras sienes me encuentro de golpe con una fuente. Una fuente de sabiduría escondida entre incunables y legajos. Allí descubro que Guadalupe tiene siete siglos de fe y cultura, que la Rábida es el pórtico del Nuevo Mundo y que a ese cordón umbilical que une Extremadura con América no hay océano que lo detenga. Es la llave del conocimiento que descubro entre carreras por el laberinto que suponía entonces la biblioteca.   Pero el sonajero se sigue moviendo y tras él alcanzamos la siguiente puerta. La estancia que se abre ante nuestros ojos tiene un aire más solemne, casi sepulcral. La historia transpira a través de los muros y correr allí es casi un sacrilegio. Pero somos niños y cuando te muestran la Carta de Isabel La Católica o la Partida bautismal de los primeros indios uno no alcanza a saborear el tesoro que tiene entre sus manos. No importa, es una lluvia fina que va calando, que te susurra el valor de la Historia. Estás en el archivo y de repente comprendes que conocer el pasado es la mejor fórmula para entender el presente.   Vuelven a sonar las llaves aunque cambie la melodía. Tras la siguiente puerta el tempo ya es otro y los allegro se mezclan con los pianos y fortes para dejar espacio a los andantes, moderatos o prestos. Rodeados de tanta partitura caemos rendidos para que el adagio se apodere de nosotros. Así sucedía una y otra vez en el archivo de música situado justo encima del actual archivo histórico. Sin saberlo estaba inoculando un veneno, una forma diferente de expresión y sensibilidad, me estaba contagiando de música.   No hubo tanta suerte cuando las llaves me condujeron hasta la vitrina que adorna la sala de lectura de la Biblioteca. El instrumental del último médico que trabajó en los reales hospitales guadalupenses permanece allí congelado en el tiempo. Quizá fuera ante aquellas reliquias donde me instó por primera vez a que fuera médico, un anhelo que nunca cumplí, y cuya única compensación fue compartir durante mucho tiempo la vocación y el significado de auxiliar a los demás.   Cerrada aquella puerta otra se abrió casi sin llamar. Con el verano dando sus últimos estertores, con la Basílica llena a rebosar y con la emoción atascada en la garganta, él cogía el micro y alentaba a las masas. Guiaba la espera. Transmitía emoción. Lanzaba el mensaje. Todo un máster de comunicación para cualquier periodista que él recitaba con naturalidad cada 6 de septiembre. Ese hombre era el mismo que agitaba el llavero, Fray Sebastián García, quien depositó en mí su manojo de ciencia. Gracias padre Sebastián por todas las ilusiones que colmaste en mi, aunque a nosotros todavía nos quedan puertas por abrir....

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