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Un manchego universal

Todos los que alguna vez temimos por la alopecia precoz nos fijamos pronto en él. Más allá incluso de esa blancura nuclear o del talento que destilaban sus piernas, esas con las que regalaba caramelos a sus compañeros, como un día aseguró su entrenador. Pero el imán estaba en la cabeza, en un cerebro brillante y en una cabellera que pronto empezó a perder unidades, casi al mismo ritmo que escalaba en la pirámide del éxito.

Andrés Iniesta Luján

 

Fue en esa pérdida y en aquella escalada donde el flechazo se hizo ya inevitable. Porque la raíz se entroncaba entre orígenes humildes y sencillos, aunque la tierra fuera manchega y no extremeña. Y su sueño le sorprendió jugando a la pelota a una edad temprana incluso para los genios. De ahí las lágrimas y el esfuerzo (de toda la familia), de ahí las llamadas telefónicas y las noches en vela. Lugares comunes para todos los que un día tuvimos que salir de casa persiguiendo nuevos horizontes.

 

Él los fue alcanzando todos con una naturalidad que asustaba. En un mundo donde los focos engrandecen egos y el marketing convierte mulos en purasangre, consiguió poner de acuerdo a todos simplemente siendo él. Tanto fuera como dentro del campo. Quizá porque solo gritaba en redondo, con el balón en los pies, para revolucionar a las masas. Cuando el eco de sus hazañas se apagaba le valía con el sentido común. Fue así como uno a uno derrotó a cuantos molinos de viento se pusieron en su camino.

 

Para ello resultó fundamental la cabeza. Así reafirmo sus convicciones en los días de tormenta y lesiones, así dudó del elogio en las tardes de bonanza y titulares grandilocuentes. Así se forjó el mejor jugador europeo del momento. Un tipo venido de la España profunda (que es como los urbanitas llaman a todo aquello que excede de la M-40) y que hoy representa a una nación como no son capaces de hacer ninguna de sus autoridades. Ese tipo es Andrés Iniesta Luján, manchego de Fuentealbilla, español que habla catalán sin rubor porque es agradecido con una tierra que se lo ha dado (casi) todo, para asombro de unos y decepción de otros en esta España cainita. Un país que solo aplaude al que entona tu misma música y que ha tenido que claudicar ante su talento mediante el aplauso colectivo.

 

Si desean sumarse a esa ovación estén atentos a la Eurocopa.

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